viernes, 25 de mayo de 2018


La Virgen de Guadalupe en un panfleto electoral

Jaime Septién

“El genial Chesterton afirmó que la Biblia pedía amar a tanto a los enemigos como a los vecinos porque en general son las mismas personas”; y la reflexión cae a cuento porque en el presente proceso electoral (mexicano), las instituciones religiosas parecen estar obligadas a convivir con la política electoral tanto por vecindad como por imbricadas asociaciones”.
Así comienza su reflexión semanal –publicada en su blog, en el portal de El Observador y en el de SIGNIS—el periodista católico mexicano Felipe Monroy, en referencia a que en los últimos meses, las estrategias políticas de diferentes grupos han querido involucrar a las instituciones religiosas al desbocado ritmo de las campañas electorales.

En algunos casos, dice Monroy, lo hacen de manera casi corporativa mediante asambleas de fieles que entran de cuerpo entero en plataformas de ciertos candidatos; y en otros, más sutiles, mediante estrategias de miedo o de presión para que otros grupos de creyentes detonen a favor o en contra de los aspirantes.
En los días previos al segundo debate de los candidatos a la presidencia de la República, celebrado en la ciudad de Tijuana el pasado domingo 20 de mayo, se divulgó la noticia de un supuesto panfleto (del que sólo se conoce la fotografía en redes sociales) donde presuntamente un partido político agrede los sentimientos religiosos de un particular credo.
El panfleto denigraba a la Virgen de Guadalupe y pedía a los ciudadanos que no permitieran “la manipulación que hace la Iglesia católica a través del fanatismo y la utilización de diversos símbolos religiosos como el cuento de la Virgen de Guadalupe”
“Sin ninguna prueba física o alguna otra fuente fidedigna de veracidad, el tema creció incontrolable hasta propiciar un posicionamiento de la Iglesia católica”, advierte el periodista, quien también forma parte del Consejo Editorial del periódico *El Observador*.
Instrumento electoral
En efecto, los obispos de México afirmaron que el panfleto comenzó a circular en redes sociales y, aunque reconocieron que desconocían incluso su origen, no impidió que con su autoridad reprobaran “que se utilice como instrumento de discordia” y pedir a las autoridades competentes “investiguen estos hechos, y no permitan que circule ningún tipo de propaganda electoral que contenga imágenes o símbolos religiosos venerados por gran parte del pueblo de México”.
Días más tarde, otro organismo de una asociación religiosa rechazó que sus miembros hicieran peticiones de datos personales y promesas de entregas de despensas u otras ayudas económicas a instituciones, fundaciones o agrupaciones religiosas.
Detrás de estas denuncias –argumenta Monroy—“sin duda se encuentra alguna estrategia electoral que utiliza organizaciones religiosas (de alta confianza para el mexicano promedio) para hacerse de adherentes, votos potenciales o padrones espurios para partidos políticos (que sin quizá las instituciones de menor confianza entre los ciudadanos)”.
Acota el periodista mexicano que también hay grupos o iglesias que aprovechan los espacios doctrinales para inducir el voto de sus fieles. “Se hace de manera velada o francamente abierta, con y sin riesgo de ser señalados ante las autoridades electorales de actos violatorios del proceso electoral. Como decía Chesterton: enemigos y vecinos a veces son las mismas personas”.
Muchas muertes
El tema delicado, insiste Monroy, es que la política y las asociaciones religiosas están, más que nunca, obligadas a convivir en un momento de alta tensión social, en medio de campañas de odio, mentira, tergiversación, señalamientos y marrullerías, tal y como están resultando las actuales campañas mexicanas, sobre todo a la presidencia de la República (el proceso electoral mexicano es el domingo 1 de julio).
“El peligro es que grupos religiosos enteros pueden estar vulnerables a los efectos de la mentira y, no es novedad que, a pesar de los permanentes llamados a la mesura por parte de los líderes religiosos o políticos, siempre hay individuos o células radicales que contravengan el principio ético de no hacer en el otro lo que no se quiera experimentar en la carne propia”, subraya Monroy en su artículo.
Un dato importante para contrarrestar la divulgación de mentiras políticas en el proceso electoral más grande y complejo de la historia de México es que ha habido, desde septiembre de 2017, cuando se abrió el proceso en todo el país, han sido asesinadas 91 personas (hombres y mujeres) que estarían aspirando a un cargo de elección popular.
¿Por qué? Porque las mentiras políticas, piensa Monroy, provocan “las más virulentas reacciones y, al final, no importa que se revele la verdad: para quien tiene un prejuicio inoculado al tuétano creerá la mentira hasta la ignominia”.
Los panfletos antirreligiosos o los intentos de captación de voto corporativo religioso pueden venir de cualquier lado y, aunque ese es un tema legal por atender, finaliza diciendo Monroy, “lo que importa es contemplar y explicar cómo estos fenómenos logran revelar el verdadero rostro de quienes ya están fanatizados en sus criterios ideológicos, políticos o religiosos”.
Y agrega: “El arte de la mentira política lleva 400 años perfeccionándose (en México); y resulta vergonzoso cómo la sociedad sigue conservando la misma dosis de credulidad”. (aleteia.org)

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