sábado, 7 de febrero de 2015

Estados Unidos-Cuba:
¿conversaciones a cuatro bandas?


N. Mario Rizzo Martínez

LA HABANA.— A pesar de la Ley de Ajuste Cubano que concede residencia inmediata y ayudas económicas a los cubanos emigrados, legal o ilegalmente, que lleguen a los Estados Unidos, la comunidad isleña en ese país no es mayor, proporcionalmente, a la de otros países centroamericanos y por tanto ya no tan definitoria electoralmente Pero se trata de una inmigración que puede catalogarse en cuatro categorías diferentes.
Un primer grupo de emigrantes cubanos estuvo compuesto por personas relacionadas de una u otra manera con la dictadura de Batista derrocada en 1959. Ellos, los que aún viven, y muchos de sus descendientes, han integrado por siempre la línea dura del exilio, vinculada a grupos paramilitares y organizadora de todo tipo de acciones violentas contra el “régimen de Castro”.

Le siguieron varios grupos de profesionales, comerciantes, gente de clase media, que de hecho impulsaron el desarrollo del sur de la Florida. Con su ayuda la ciudad balneario se convirtió en centro comercial y financiero. Algunos lograron grandes fortunas y de alguna manera se vincularon con la oleada anterior, aunque guardando cierta distancia.
Después vinieron grupos de personas deseosas de disfrutar de las bondades económicas y las oportunidades del país norteño. Muchos eran desclasados, gente dedicada a negocios de todo tipo, poco laboriosos y a veces con deudas legales pendientes. De entre estos proceden la mayoría de los excluibles que Estados Unidos desea retornar a Cuba.
Luego de la caída del campo socialista europeo, y cuando parecía requerirse un milagro para que el modelo político cubano no desapareciera, muchos jóvenes que veían muy distante poder alcanzar un nivel de vida acorde con sus aspiraciones personales, optaron por emigrar. Casi todos ellos con buena calificación profesional y deseosa de progresar económicamente.
Los últimos arribos cambiaron por completo el panorama del exilio. Desean relaciones con su patria de origen y rechazan a los grupos extremistas.
Durante los 18 meses de conversaciones secretas entre Estados Unidos y Cuba ningún grupo de la diáspora cubana tuvo participación o conocimiento. Fueron los primeros sorprendidos cuando el 17 de diciembre pasado esto se dio a conocer y se anunciaron conversaciones oficiales con vistas al restablecimiento de relaciones diplomáticas así como el inmediato ablandamiento del bloqueo.
Ahora la diáspora y la llamada oposición interna reclaman un espacio en los diálogos y quizás para calmar un poco sus ánimos el gobierno norteamericano pretende que asistan a la Cumbre de las Américas del próximo abril en Panamá. Parece ser que serán invitados como ONG de la sociedad civil, lo cual plantea un gran reto pues las organizaciones en la diáspora son tantas que habría que convocar una gran cumbre para que todos pudieran estar representados.
Por otra parte la oposición interna está atomizada. Alguien ha calculado que sean unas 20000 personas pertenecientes a numerosísimos pequeños grupos que van desde el anexionismo hasta el socialismo moderado. Que todos puedan ser escuchados también parece difícil.
Tal vez en busca de cierto consenso el pasado 28 de enero unos 150 dirigentes de algunos de esos grupos internos o externos se reunieron en la Convención de la Democracia en Cuba celebrada en Miami. Poco se ha conocido de los posibles acuerdos, pero parece que hay cierta tendencia a darle el papel protagónico a la oposición interna, y un acuerdo tácito: tener participación en las conversaciones.
A todas luces pretender reclamar se realicen conversaciones a cuatro bandas, el gobierno cubano, el gobierno de Estados Unidos, la representación del exilio, y la oposición interna, es inalcanzable y decididamente imprudente. Se trata de dos naciones que tras más de medio siglo de amenazas y desencuentros, pretenden convivir civilizadamente. Los asuntos internos de ambas partes pudieran ser comentados pero nunca objeto de acuerdos.
Por ello el gobierno cubano ha confirmado una vez más su posición. No habrá renuncia a principios políticos a cambio de mejorar las relaciones. El reclamo del fin del bloqueo, la devolución de la Base Naval de Guantánamo, y otros similares, han sido enarbolados ante las naciones de la CELAC, toda América excepto Canadá y USA.
Por la parte norteamericana corren prisas también. Si se quiere cambiar la realidad cubana han de autorizarse los viajes a Cuba sin restricciones, suprimir el bloqueo para lograr un comercio fluido e inversiones, dar acceso a los cubanos a una realidad económica y social que los políticos norteamericanos consideran suficiente como para conmover los cimientos del socialismo.
La Ley de Ajuste Cubano ahora se ve como un fracaso de la política hacia Cuba y hasta la prensa norteamericana arremete contra ella. Exponen que una parte de los beneficiados con esta ley han robado a empresas y a contribuyentes unos 2000 millones de dólares; llegan a hablar de redes criminales. Hablan de un efecto bumerang y citan un viejo refrán “cría cuervos y te sacarán los ojos”.
Tan cruda evaluación no viene de Cuba que lleva años tratando de normalizar sus relaciones con la diáspora, viene de la prensa y de políticos norteamericanos.

Las conversaciones recién comienzan. Ambos gobiernos se han mostrado profesionales y serios en sus empeños. Los resultados, aunque previsibles, no están a la vuelta de la esquina. Obama desea dejar zanjado el asunto antes de concluir su mandato, lograrlo depende en buena medida de los lobby que hacen allá la política y de que Cuba mantenga la línea que ahora sigue.

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